Los cristianos de Oriente, los grandes olvidados de Europa

27/10/2010 

Josep Miró i Ardèvol

Hace pocos días ha finalizado el Sínodo de las Iglesias Católicas Orientales y la realidad que nos ha mostrado hace evidente un hecho que debería sorprender y avergonzar a los países de Occidente: lo que les ocurre a estas comunidades les deja absolutamente indiferentes.

Hay preocupación y ocupación por los palestinos, los judíos, los saharauis, los tibetanos, y un largo etcétera, porque desde una u otra perspectiva se considera que son comunidades perseguidas o amenazadas. Pero, de todas ellas y con diferencia, la que vive en una situación de extinción a causa de los ataques que sufre son las comunidades cristianas en Oriente, en los países musulmanes y en algunos estados de la India. De cada cien muertos que se producen al año por motivos religiosos, 75 son cristianos, y de éstos la mayoría se producen en estos países. ¿Por qué la sociedad civil o el Gobierno pueden sentir tanto interés por ésta o aquélla comunidad y no para con quienes comparte unas raíces culturales comunes? Es un interrogante que debe hacerse público porque encierra muchas contradicciones, enmascara males que sufre la sociedad europea en general y la española en particular. Existe, además, con estas Iglesias una deuda histórica. Una determinada cultura ha intentado hacernos creer que la cristiandad recibió el legado de la Antigüedad, el de los grandes pensadores griegos, de la mano de los árabes.

En realidad, esto sólo es una pequeña parte de la verdad y ni tan siquiera la más importante. Primero porque hubo una fuente mucho más directa antigua y constante, que fueron las relaciones con el Imperio de Bizancio; y segundo porque este pretendido legado árabe, en realidad, estaba soportado por la comunidad cristiano-oriental, la cultura siriaco-cristiana de los países que la expansión musulmana había ocupado.

Nuestra deuda es, por consiguiente, doble. No sólo compartimos una fe, cuestión que atañe a una parte de la población, sino que además somos deudores de toda una evolución cultural que tiene uno de sus fundamentos en aquellas tierras. Hoy, cuando su número se ha reducido por la persecución y la emigración, Europa debería ser capaz de devolver el legado recibido en términos de una efectiva solidaridad política.

 Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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