Los pueblos del Islam Oriente Medio

Una confrontación abierta de resultados inciertos

Martino Diez , 24/02/2011

(http://www.oasiscenter.eu/es/node/6778)

 “Un nuevo año 89”: así algunos observadores, sobre todo entre los periodistas que han asistido a las manifestaciones de la Plaza Tahrir, definen el movimiento que ha conducido a la huida de Ben Alí en Túnez y a la dimisión de Mubarak en Egipto, y que en estos momentos sacude con violencia Libia . ¿Qué está sucediendo en Oriente Medio? ¿La comparación con los hechos del 89 tiene sentido o es una exageración periodística? ¿Hasta dónde llegará la resaca de la protesta? ¿Y por qué nadie o casi nadie la ha previsto? Estas son algunas de las preguntas que salen a la luz con mayor insistencia. En el periódico Avvenire, Luigi Geninazzi y Riccardo Redaelli ya han subrayado aspectos inéditos (que desaconsejan comparaciones), incógnitas (que llaman a la prudencia) y promesas que dan razón de estas preguntas. Es natural que la mayor parte de ellas permanezca todavía sin respuesta: los procesos históricos implican la libertad de los individuos y por tanto no son deducibles a priori. Algunos elementos de reflexión, sin embargo, pueden ya ser indicados.

El primero es la nueva fortuna de la palabra “revolución”. Los periódicos tunecinos y egipcios no hablan sólo de intifada (“revuelta”), sino abiertamente también de thawra (“revolución”). Para comprender el alcance de esta elección de vocabulario, debe tenerse presente que en Egipto o en Túnez la revolución por antonomasia hasta ahora era la revolución de los años cincuenta que había conducido a la expulsión de los poderes coloniales directos (francés) o indirectos (Rey Farouq y los Inglés). La nueva revolución en cambio se ha dirigido contra adversarios internos con el objetivo de hacer caer un régimen.

Como ha escrito Malika Zeghal comentando en caliente los hechos de Túnez en la newsletter de Oasis, «Nos encontramos ahora más allá de un nacionalismo que se definía en relación a los otros (el colonizador y occidente) o a través de ciertas ideologías». El pasado colonial parece finalmente archivado, también en el imaginario colectivo. No se trata además ni siquiera de la revolución islámica tout court que ha conocido Irán en 1979. Aunque la componente islámica está bien representada, prevalece por ahora una referencia a valores universales como la tríada «trabajo-libertad-dignidad nacional» en Túnez. En Egipto, el tema principal es la lucha contra la corrupción, con numerosos arrestos de ministros, hombres de negocio y personalidades ilustres. ¿Es este el significado de la palabra “revolución” tras la caída de las ideologías?

 En realidad una ideología está presente, sobre todo en Egipto, menos en Túnez. Se trata del Islam político. La pregunta en la que se han concentrado hasta ahora la atención de muchos analistas es el grado en qué los movimientos islamistas, sobre todo los Hermanos Musulmanes, mantienen en estos hechos la visión teórica según la cual el Islam ofrece un modelo político inmediatamente aplicable y capaz de resolver todos los problemas, y en qué medida en cambio han girado hacia posiciones que, limitado las tentaciones de hegemonía, reconocen un cierto grado de mediación a la acción política respecto a los principios religiosos que la inspiran. ¿El Islam es la solución es y permanece siendo el célebre slogan de los Hermanos Musulmanes, ¿pero cómo se desarrolla concretamente hoy?

Se trata de una pregunta muy relevante, pero quizás – y esta es nuestra tercera observación – no es la más relevante. Se trata en cambio de ver si para los jóvenes manifestantes la prioridad sea verdaderamente la instauración de un estado islámico. Hace algunos días , el Sheik al-Azhar, ha tenido que intervenir para poner en guardia al Parlamento Constituyente respecto a la hipótesis de modificar el artículo 2º, que estipula que el Islam es la religión de Estado y declara la Sharia la fuente principal de legislación. Ya esta toma de posición del Sheik es muy significativa. Pero lo más interesante han sido los 322 comentarios a la noticia que se podía leer hace algunos días en la página web del periódico Al-Ahram. Hay quien apoya plenamente el Sheik y declara que la revolución es una maquinación de los cristianos (autores a su parecer de la masacre de Alejandría), hay quien más modestamente invita a los egipcios a no ser más “el papistas que el papa”, observando que muchos países europeos reconocen en la Constitución una religión de Estado; otros en cambio todavía creen que mantener el artículo 2º respete el interés ante todo de todos los coptos, «porque la legislación islámica les protege». Pero aproximadamente la mitad de los pareceres es negativa respecto a esta hipótesis. Son cristianos que escriben (se comprende por sus nombres), pero también “egipcios” (sin ninguna calificación confesional ulterior), y muchos también musulmanes. Declaran “la religión a Dios y a Egipto para todos” o liquidan la toma de posición de las autoridades religiosas con un lapidario “ha llegado a su fin el tiempo de las ingerencias”.

Otros piden un estado civil (dawla madaniyya), palabra que en el mundo árabe indica un estado laico no hostil a la religión. Muchos ponen en guardia: las autoridades «están buscando jugar de nuevo el antiguo juego», dividiendo a cristianos y musulmanes. Y hay quien se pregunta si Egipto tiene que permanecer como estado islámico, ¿por qué protestar tanto contra el vecino estado judío? Incluso teniendo en cuenta el hecho de que la enorme masa de gente pobre que vive en Egipto no se encuentra representada en los comentarios publicados en lo foros porque no tiene manera de acceder a Internet, la impresión es que el debate es muy abierto y que sus resultados no puedan ser fácilmente previstos.

Por último la cuestión Libia. A pesar de la existencia de algunos elementos análogos (el papel de los jóvenes en la propuesta, la petición de más libertad, el eco de los new media), la situación es muy diferente respecto a la de Egipto y Túnez, aunque fuese sólo por el bienestar relativo del que Libia puede presumir respecto a sus vecinos, gracias a los ingresos del petróleo e incluso teniendo en cuenta las malversaciones del clan Gheddafi.

A estas alturas ya está claro que nos encontramos ante un guerra civil y que su factor determinante será la orientación que asumirán las tribus, que constituyen el único cuerpo intermedio real del país, pues tanto la sociedad civil como todo tipo de oposicón han sido sofocadas durante años por el culto a la personalidad de Gheddafi y por sus delirantes “intuiciones” polítcas. No hace mucho Libia pedía a la ONU que se distribuyese Suiza entre Italia, Francia y Alemania. Episodios como éste nos ofrecen la medida de la distancia que separa dicho país respecto a sus vecinos del norte de África. Y, por ello, invitan a ser muy prudentes a la hora de aplicar a Libia las mismas claves de lectura que a Egipto y Túnez.

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